martes, 26 de julio de 2016

Agradecimientos
Gracias Luis, sin tu ayuda, este libro no podría haber sido escrito
En tu homenaje hay párrafos y nombres que sabrás reconocer

martes, 9 de julio de 2013

Capitulo 1 Final

                                               
                                                             Capitulo 1 Final
Caminó entre las pinceladas oscuras y húmedas de esa noche de otoño. Los fantasmas que alguna vez fueron verdes, ahora, sucios de hollines, le saltaban al paso provocándole sustos a repetición. Apenas si se contenía ante la llamarada roja de los semáforos. Se volvía continuamente, temeroso de cada sombra y cada sonido. Los ladridos de un perro, encadenado a la reja de la iglesia, se le antojaron una advertencia, pero a estas alturas ya no había advertencias que considerar. Había dejado atrás la posibilidad de decidir y la necesidad de pensar, era tarde para cualquier después. Un dolor sordo le subía por la pierna feamente desgarrada y la sangre, su sangre, empapaba la pernera del pantalón. La vidriera de un café rompía la oscuridad arrojando una lámina de luz blanca y vapores a la vereda, la evitó cruzando la calle, adentrándose en la sombra. El mozo, inútil a estas horas, diría después que le pareció ver a un hombre que cruzó apurado, pero sus dichos solo fueron para su patrón que, tan aburrido como el, pensaba en el cheque que entraba el lunes y se sabe que, ante un vencimiento, a nada se le presta la debida atención.-
La huida, que ahora terminaba en la oscuridad de esta noche anónima, empezó antes cuando aún era tiempo para todo.

Cap. 2 Hugo

El Hugo paraba siempre en el mismo semáforo que era solo para él; sin artistas ni acróbatas compitiendo por las monedas. Solito con su alma, o con algún  amigo, ocasional y prescindible, limpiaba, apresurado y desprolijo, parabrisas y lunetas de los autos obligados a detenerse. Un minuto; es lo que tardaban las luces en franquear el paso a los que resoplaban impacientes. Sin saber nada de matemáticas, no se enteró que a una moneda por minuto, en una jornada de ocho horas, multiplicada por treinta días, la cifra resultante no estaba nada mal. Claro que en el cálculo no entraban los que arrancaban de golpe, dejándolo con la mano extendida y el ánimo enervado y belicoso, destruyendo de paso las probabilidades matemáticas de sus ganancias
     ¿Q´acé Hugo?
El que llega es casi su igual en la piel cetrina, tirante, la mirada dura, la ropa; desteñida, de colores que se invaden y bordes deshilachados, grande o pequeña según el físico del donante
     Espero el bondi bolú
     Pará macho ¿Q´so, cómico so?
     ¿Viste a ese turro? ¡Se lo limpié hasta lo borde y se rajó!
     Y, esto guacho son garca bolú
     ¡Uy! ¡Una mina con do pibe! Aguantame Tolo qu´esta ya´stá
La bronca se le pasa con las dos monedas que saltan en la mano brillante de agua
     ¿Lo viste al Panza?
     No, él para en la esquina de la avenida, pero hoy no vino
     ¡Qué cagada chabón! Justo hoy se pierde
     ¿Por?
     Vino el Moncho con un dato posta; un gil va a sacar va a sacar mucha moneda y el boludo va solo
     ¡Pará bolú, si el Panza no está que se joda, llevame a mí; yo voy al frente y estoy chabón
Si se mira bien, el comienzo fue como de novela barata, clásica y costumbrista. El resto de la historia era fácil de prever. El supuesto idiota, junto con la plata, llevaba, apropiadamente autorizado, una pistola lista para disparar y que no falló, como la del Tolo, que lo empujó contra la pared gritando amenazas e insultos, y apretó el gatillo de puro nervioso y asustado y se quedó como de piedra cuando restalló el chasquido. Todo se detuvo, los dos asaltantes miraban hipnotizados el pedazo de hierro inútil. Y ahí fue que escucharon el estallido. El Tolo gritó cuando sintió la quemadura en el brazo. El Hugo, aterrado, solo atinó a correr, soltándose de la mano que lo tenía sujeto por la manga del buzo, que se desprendió con un ruido a papel rasgado. Todo transcurrió ante la mirada espantada del guardia de seguridad que, la tarde anterior, había hablado con el Moncho y que ahora no imaginaba como enderezar lo que había torcido.
Después llegó la policía; mantuvo al Tolo boca abajo, la cabeza tapada con la campera y las manos esposadas a la espalda, a pesar de los reclamos del pibe por un médico que llegó un buen rato después y dictaminó que solo era un roce, sin mayores consecuencias.
Hugo corrió como diez cuadras. Dejó muy atrás, apoyado contra un árbol, tosiendo y con los pulmones a punto de explotar, al uniformado barrigón, que lo siguió hasta que pudo, conformándose a pura puteada cuando tuvo que recuperar el aire, mientras Hugo volaba en sus piernas flacas y asustadas.
Reponerse de su fracasado debut en la delincuencia le llevó varios días. Lejos de la vida regalada, que vendría de la mano del cuantioso botín que imaginó, tuvo que dejar su esquina y desaparecer de los lugares que solía frecuentar. Hambriento y asustado, se refugió en una casilla abandonada al costado de la autopista. Seis días duró el exilio, al séptimo, tímidamente, con los nervios a flor de piel y dispuesto a correr ante la vista de un uniforme, volvió a su casa. Entró al caserío por los fondos de un vecino, evitando al patrullero y su guardia inútil de la entrada principal. En el segundo pasillo encontró a un chico de su edad que, sentado sobre sus talones, trataba de poner en su lugar la rueda de un carrito
     ¿Q´acé Panza?
     ¡Apareciste! Vo so un gato, guacho
     Me tuve que perder bolú ¿Sabes qué pasó con el Tolo?
     Le pasó que vo lo cagaste, guachín, piraste de una y lo dejaste tirado ¡Garca! Si hubiera ido conmigo, estaríamo contando la guita. Pero se jodió bien ¡Por boludo le pasó!
Antes de mandarlo a la mierda, recordando de paso a la mamá, tendría que haberlo pensado un poco; el Panza era uno de los pesados y, como tal, esperaba sumisión y respeto, especialmente de este fracasado aprendiz de malandra, pero así se dan las cosas y ahora, el enfrentamiento era inevitable. El otro lo miraba con furia mientras se limpiaba las manos en la pechera de la camisa, haciéndose el distraído mientras estudiaba por donde entrarle la patada que ya tomaba posición en su pierna derecha. El Hugo sabía que tenía que pegar primero, y que ese golpe tenía que ser definitivo, irreparable. Aparentó retroceder asustado y cuando el otro se le vino encima, lo recibió con un descomunal cabezazo, que reemplazó, con ventaja, a la trompada que había pensado primero. El tabique del Panza soltó un siniestro crujido,  un borbotón rojo le empapó la ropa y la fama de malo; mirando el suelo y palpando su maltrecha nariz, era un blanco fijo y complaciente que recibió la patada, y la pérdida de prestigio, con un bufido resignado. Lleno de dolor, se fue desplomando lentamente.
Varios pibes contemplaban la escena con asombro incrédulo, dudando entre saludar y aceptar al nuevo campeón, o esperar la reacción del Panza. Ante semejante dilema se imponía una decisión que dejara a salvo alianzas y amistades en la nueva estructura de poder que había creado el magnífico cabezazo del Hugo, que ahora se retiraba dignamente, balanceando los brazos como paréntesis y mirando a todos, sobrador y canchero.
Sus vecinos le informaron que nadie había venido preguntando por él. Ahí supo que el Tolo, no había hablado, a pesar de los labios partidos, el ojo casi cerrado, la mano muy hinchada, producto de los pisotones de un policía flaco y granujiento, de dentadura podrida y aliento haciendo juego que, entre trompada y trompada, se sacaba los mocos con la uña, larguísima, del dedo meñique, mientras sonreía al borde del orgasmo.
El Moncho estaba sentado en un banquito de tres patas, la casilla estaba justo en el vértice de un triángulo que permitía la vigilancia de una buena porción de la villa, que incluía la entrada y el patrullero adosado. Grandote, barbudo, sucio y maloliente, era inimaginable sin el pucho humeante en un costado de la boca y el mate en la mano izquierda. Un anacrónico sombrero negro, ocultaba la mirada inteligente de los ojillos porcinos bajo las cejas muy tupidas
     ¿Q´acé Hugo? ¿Se te fue el cagaso?
     El chabón se rescató de una y el fierro no fue. Todo para la mierda.
     Si, así es la cosa, el Tolo está empachado mal, va a estar guardado un tiempo largo, por suerte vos zafaste y no quedaste pegado
Ya está, no hace falta aclarar nada más, la noticia de la pelea ya se desparramó, ahora tiene su lugar. El Moncho sabe cómo manejar los negocios.
Cuando el Hugo entra a su casilla, encuentra a la mujer de edad indefinible preparando la comida en la diminuta cocina, es la misma que, no se acuerda cuando, quedó en lugar de su madre; a la que su padre echó de la casa, antes de irse el mismo y ser reemplazado por el hombre que apareció después, y el otro, y los demás. El tiempo, las arrugas y la espalda encorvada, los dejaron solos. Ahora, no hay saludos ni gentilezas, apenas unas cejas levantadas y un vago gesto de reconocimiento. En una de las esquinas del único ambiente, el televisor, que hace rato tornó a bicolor, transmite imágenes sordas
     ¿Dónde andabas estos días vos?
     Por ahí, en la estación, que se yo
     Me dijo la Dora que el Tolo perdió
     ¿Y? ¡Yo que sé!
     ¡Vos sabes porque estabas con él y te salvaste de pedo! Si aquel canta, te vienen a buscar y ahora no sos menor
Sin contestar, mirándola con bronca, el Hugo se levanta y sale. Pero el gesto dura muy poco, demolido por el olor a comida caliente que aumenta el hambre de varios días a pan duro. Vuelve, ahora no hay preguntas ni acusaciones.
Después de la comida se acuesta. Mañana será otro día.
     El Tolo es un amigo y se la banca ¡Como lo acosté al Panza! Ese no jode mas

Entre inquieto y satisfecho, se duerme. A partir de ese día todo fue diferente; o no, porque estaba cantado que las cosas tenían que pasar como pasaron. Las novedades no tienen lugar donde todo es igual.

Cap. 3 El encuentro

   ¿Igual a qué?
Me quedé duro, el termo, a medio camino del mate, soltó el agua sobre la nada que terminaba en mis pantalones. De momento todo quedó en un segundo plano, ante el ardor y las palmadas en los muslos. Una risa contenida produjo un siseo y, ahora sí, me asusté; en el cuarto había un extraño
   ¡¿Quién es?! ¡Será de Dios! Me quemé entero
Todo estaba quieto y en silencio, los auriculares, abandonados sobre el escritorio, difundían música afónica, la computadora emitía un suave ronroneo, echado en su alfombra, mi perro, adormilado, me miraba sin entender mi alarma. Armado de miedo y coraje, salí al pasillo; no había nadie y, salvo los suaves ronquidos de mi mujer, nada interrumpía esa silenciosa y fría noche de otoño.
   Nacer, crecer y cagarla ¿Eso es lo que tenemos destinado no?
   Pe, pe, pero ¿Quién es?
   Yo flaquito, te estás ocupando de los míos y me pareció mejor aclararte algunas cosas; para que no hables al pedo ¿Viste?
   Pero ¿Qué me pasa? ¡Estoy solo!
   Hablas de lo que no conoces ni de cerca, de lo que te enteras por los diarios, de los chismes de vieja. Nadie sabe de nosotros. Por ahí, si hace falta rating, viene algún chabón y muestra la mugre y la miseria, somos “La nota de color” Los cinco minutos de inquietud social, una puntita de la alfombra levantada para que los buenos se horroricen y ayuden a esconder el montoncito de tierra; para seguir mirándole las tetas a la mina que hace lo que envidian con quien no los calienta

Yo estaba sentado frente al monitor de la compu, el mate sobre el escritorio y buen jazz en los auriculares que no escuchaba. Me levanté y fui a la cocina; repuse el agua del termo, cambié la yerba y, antes de volver, me lavé la cara con agua bien fría. Seguramente el dialogo había sido parte de una siesta fuera de programa. Giré la cabeza con esos movimientos que nadie sabe para qué son, pero que hacemos vaya a saber para qué, me calcé a Sabina, subí el volumen, releí lo escrito antes del sueño y me dispuse a seguir. Mi perro soltó un largo suspiro, se acomodó mejor y siguió durmiendo.

Cap.4 La historia

A mediodía el Moncho mandó a un pibe a buscarlo. La mujer no dijo nada, pero sus ojos gritaban cuando el Hugo salió. El Moncho estaba en su banquito, con la ropa un día más sucia. Antes de hablarle se quedó mirando a la pared un buen rato, mientras se rascaba el sobaco con la mano libre del mate, le habló tan bajo que tuvo que agacharse para escuchar
   Hay unos amigos que están buscando un pibe con huevos
   Yo Don Moncho
   Hay que trepar hasta la claraboya de la caldera de la fábrica de platos
   ¿La de la canchita de la vía?
   ¿Hay otra? Déjeme hablar pibe. Cuando esté adentro, va al portón, les abre y después se pira. La mano es jamón y su moneda es buena
El hombre lo miró largo, se olió la punta de los dedos y le indicó un lugar y una hora
   Lo van a estar esperando, si anda bien entra. De este trabajo, mañana me trae la mía
No había nada más que decir. El viejo reinició el mate y la mirada a la nada.
   ¿No te va ‘a cagá no?
Eran cinco y lo estudiaron un buen rato, antes que, el más flaco, le detallara la parte del trabajo que tenía que hacer
   ¡Yo no me cago nunca! Ante fuimo al banco y me le enfrenté a la gorra y me escapé
Los cinco se miran. En una empresa dirían que el sector de recursos humanos estaba evaluando a un nuevo aspirante. El flaco miró a un grandote de pelo muy corto que asintió con la cabeza y los demás, a su turno hicieron lo mismo. La solicitud fue aprobada y el Hugo entró en carrera.
La mutación; de limpia vidrios a integrante de una peligrosa gavilla que asolaba la zona sur del gran Buenos Aires, según los noticieros y los diarios, mostró a un Hugo vestido con jeans caros, camiseta de Boca, legítima, enormes y carísimas zapatillas de marca, y fama de pesado.
Por ahí rondaba el Panza, con su nueva nariz torcida, mascullando amenazas, lleno de odio y envidia.
Acordaron reunirse en el bar de la estación. Los cinco muchachos llegaron y ocuparon una mesa en el fondo del salón, que, como siempre, estaba casi vacío a esa hora. Enseguida se les unió el Hugo
   No pasa nada, el chabón ya se tomó el bondi
La rutina era estricta, Hugo era el encargado de vigilar al policía que velaba la estación y que, con su horario, fijaba la hora de las reuniones previas a un trabajo
   Yo digo que hay que parar un poco. Si seguimo así, por ma guita que haiga, la gorra nos va a cagá de arriba di ‘un palo
   Me dijo un boludo de allá que al su, lo tienen loco.
   Bueno, la cosa es así; esta noche vamo a los artículos de hogar. Hay pasa casé, celulare, televisión, máquina de foto y guita ¿Estamo? ¿Alguien se quiere borrá?
El jefe miró a cada uno de sus hombres. Los que habían propuesto un alto, dieron un si sumiso. El Hugo soltó un bufido de alivio, su propensión al ahorro era inversamente proporcional a sus gastos, no tenía un peso, y necesitaba el trabajo de esa noche.
Con los detalles arreglados, la reunión terminó y se fueron yendo de a uno. A su turno, el Hugo se levantó, pero el jefe le ordenó esperar. El tono de la orden le produjo una vaga inquietud, se sentó intranquilo.
   Mirá pendejo, estás haciendo mucho bardo y eso no le sirve a nadie
Quiso contestar y defenderse, pero el otro lo silenció con un ademán
   Desde hoy te via´star viendo de cerca ¡Bien finito! La cosa es clarita; o te deja´jodee y te rescatás o te pirás ¡Y sacate esa zapatiya de mierda! A do cuadra te venden bolú. Ahora tomatelá y acordate; la prosima ¡cagaste!
Salió del bar apurado, asustado y lleno de vergüenza, tanto, que no vio al Panza, que entró después de su partida y se fue a sentar en la mesa del fondo, ahora grande para dos personas.

La noche en los barrios; es de los perros vagabundos, los gatos y los autos rezagados que desobedecen semáforos y solo tienen en mente descargar a los humanos para descansar con ruidos y suspiros, mientras los gana el frio. Los pocos peatones son sombras avergonzadas de estar aún fuera de la cueva, y apresuran el paso tratando de pasar desapercibidos, vigilando a las otras sombras que se les cruzan. El Hugo camina sin ver, las sombras están en su cabeza.

Cap. 5 No fua siesta

Una noche más, preparé el mate, seleccioné la música, me demoré en los detalles ¿Miedo a la voz misteriosa? ¡Ridículo! Mi médico hace rato que me previene sobre las consecuencias del stress, el exceso de café, la falta de ejercicio, y las noches sin sueño. Nada dijo de alucinaciones, ni de voces en off que me cuestionen, pero todo debe venir en el mismo paquete. Releí lo escrito la noche anterior
   Son dos personajes la vieja y el Moncho ¿No?
   ¡Otra vez!
Ahora no derramé el agua del termo, ni se me cayó el mate por el susto, la voz estaba ahí; tan real como la guitarra de Botafogo que escuchaba en los auriculares
   A lo mejor se puede decir más de ellos. Vos los presentás como engendros malignos
   Yo hablo de la marginalidad, son personajes de una novela y además; secundarios, no tienen importancia
   ¿No te vas a tomar el trabajo de ver las cosas desde su lugar?
   En mi novela, el personaje principal es el Hugo yo…
   El Hugo tiene un mundo, una escala de valores, tiene hambre de todo, es primario, simple, violento, tímido, sabe que el mundo nunca le va a dar nada y se lo va a sacar a las trompadas. Esa mujer, que para vos está de relleno, cuidó al pibe desde siempre, le dio de comer lo que pudo, lo mandó a un colegio, le zurcía la ropa, regalada por los tuyos y no se quedaron solos porque ella se puso vieja ¡Siempre estuvieron solos! Los tipos pasaban porque a ella los hombres le gustaban y desaparecieron cuando dejaron de interesarle. Es igual con el Moncho, el viejo hace lo suyo, lo único que sabe…
   ¡Si claro! Mete a los pibes en el robo, los manda a una banda y les saca plata ¡Una maravilla!
   ¡No entendés nada flaco! El, afanó desde que era un pendejito ¿Laburar? Al pedo, diez horas en la obra le dan lo justo para no morirse de hambre y poder laburar otras diez horas. Te digo que lo hizo, pero no duró. La vida tiene fecha de vencimiento y hay que consumirla antes del último día. Cuando cayó en cana, terminó en Olmos. Cinco y dos la primera vez, ocho y cuatro la segunda. En la tercera se olvidó de los números, se había casado diez días antes, con iglesia, papeles y todos los chiches. Se pasaba los días de cara a la pared, sin hablar una palabra con nadie. Los encargados pensaban que se le habían volado algunos jugadores. Pero uno sabe que el encierro hace cosas raras con los recuerdos. El viejo, de tanto mirar la pared, descubrió, en la mugre, la cara de su mujer, que ya se le estaba olvidando; desde ese día, tomaba mate con ella y hablaban de sus cosas. Cuando al fin salió; la mina se las había tomado con otro. No pudo esperarlo tanto tiempo.
Me olvidé de los auriculares y el mate pensando en el Moncho. Alguna vez supe de esa forma de medir el tiempo “Tres y dos” “Cinco y nueve” ¿Era por el dos por uno? No; se cuentan los años y los meses que llevan encerrados; tres años y nueve meses, cinco años y nueve meses.
   Faltan los días
   Noo, no falta nada. Te largan bien tarde, a la noche, para que se cumpla la condena hasta el último retacito de tiempo.
Un trueno hizo retemblar la casa y casi me caí de la silla. Decidí que, por esa noche era suficiente. Metódicamente, fui apagando; la máquina, la impresora, el estabilizador, y terminé con la lámpara del escritorio.
   Por hoy basta, me voy a tomar una pastilla, necesito dormir para terminar con esto
La pastilla me tiró de cabeza al sueño, tan rápido, que mi último pensamiento quedó inconcluso. Fue una noche agitada, con pesadillas que olvide al despertar y un sueño muy real, el Hugo estaba herido y rodeado por la policía, yo tenía que convencerlo para que se entregara antes de que lo maten. Cuando al fin lo convencí, los policías no quisieron hacerse cargo, el papelerío era monumental y ellos estaban apurados porque tenían que actuar en otro hecho que salía por la tele en directo. Yo aparecí, por arte de birlibirloque, en la oficina de Lanata; que escuchó mi historia riéndose a carcajadas, mientras repartía pedazos de torta y vasos de gaseosa, llenos de ginebra, a los demás periodistas. Me desperté cuando volvía donde había dejado al Hugo; y no estaba, solo quedaba una mancha de sangre en la calle y la lluvia la borraba de a poco. Un detalle se me había olvidado y pasé la mañana tratando de recordarlo. Se me apareció, de golpe, a la tarde; el asalto del Hugo había sido para robarse un paraguas.
El pip del despertador tuvo que esforzarse para que me levante de la cama. La casa estaba fría y afuera, el viento zumbaba en los intersticios de las ventanas. Desde la cocina llegaban los ruidos que hacía mi mujer preparando el desayuno, siempre se levanta antes que yo; es que se acuesta a horas normales y yo no me acostumbro a escribir durante el día. Me arrebujé en las mantas, mientras pensaba en las cosas que tenía que hacer. Mi mujer me llamó desde la cocina y reforzó el reclamo con el perfume del café y las tostadas. Me reuní con ella, malhumorado y quejoso, con un leve dolor de garganta. Tomé una taza de café hirviente y dos antigripales, por aquello de que; si uno cura… El desayuno es el momento de charla, los chicos están en el colegio, el perro en el jardín, la radio nos presta un leve fondo musical, nadie nos interrumpe y saltamos de una cosa a otra. Pero hoy tenemos un tema dominante; asaltaron a Facundo, un amigo muy cercano.
   Pobre Facu, no se resistió, pero igual le pegaron un culatazo en la cara. Mariana dice que tiene una pelota bajo el ojo derecho
   ¿Le sacaron mucho?
   Ella se había llevado la recaudación diez minutos antes
   ¡Ahí está! Buscaban pastillas y guita, por eso le dieron, había poca moneda. Creyeron que los quería cagar
Mi mujer siguió hablando. El único que escuchó la voz fui yo
   …y le pegaron porque si, ya les había dado todo
   Los nervios; no saben afanar. Ahora cualquiera está en el choreo. Lastimar es al pedo, se puede usar una pistola de juguete. Hay que mostrarla, sin sacarla, “Todo bien si te quedas piola, dame la guita y no pasa nada” Lo que importa es la sicológica. Hay que hablar rápido y con seguridad, los chabones se garcan en las patas y largan todo. Importa más el respeto que la violencia. Si te respetan, te obedecen y hay que rajar rápido, con los celulares de mierda, cualquier boludo que pasa por casualidad, llama a la gorra y fuiste.
Pensaba situaciones y diálogos a partir de ese Hugo que había creado. La costumbre de permutar sueño por imaginación me estaba mezclando todo. Me pareció escuchar una risita divertida, pero preferí ignorarla.
   ¿Se puede saber en qué estás pensando? Te quedaste tildado
La voz de mi mujer me sobresaltó
   Nnno, en nada. Es que tengo que ir al banco y después voy a pasar por la farmacia de Facundo para ver como está, por si necesita algo.
El acceso a la avenida estaba obstruido por un par de grandes maquinas viales que, ante la llegada de las elecciones, arreglaban los baches crónicos. Buscando huir del embotellamiento, enfilé hacia la ruta. Muy pronto, casi imperceptiblemente, el paisaje fue cambiando. El césped y las arboledas se convirtieron en veredas rotas, barro, agua estancada, infinidad de bolsas de plástico, rotas por perros famélicos que deambulan en pequeñas jaurías. Una débil neblina de humos de leña, empañaba la visión. Las paredes ignoraban el revestimiento y mostraban ladrillos sin revoque o paneles de madera enchapada, recubiertos de polietileno, los techos cambiaban el rojo de las tejas por una llanura de chapas oxidadas o cartones negros, matizados, aquí y allá, por piedras de cemento para que no levanten vuelo en los días de tormenta. Los racimos de postes, florecidos de medidores, estiraban tentáculos hasta cada casilla. A pesar de la lluvia, había corrillos de chicos y no tanto, que charlaban guarecidos bajo precarias galerías que chorreaban agua ¿Qué hacer cuando no hay nada que hacer? O cuando  se vive esperando. Un pibe de edad indefinida arrastraba un carrito cargado de cartones, tras el caminaba un hombre que derrochaba mugre
   Lo ves mugriento porque no sos capaz de ver la diferencia entre roñoso y sucio; para lavarse tiene que juntar agua de una canilla que usan todos. Bañarse acá no es de todos los días. Por eso comparten el mismo olor, la misma piel áspera y percudida ¡Hasta los mismos granos tienen! No te podes imaginar un tacho calentado como se pueda, cuando tenés una bañera, calefón, toallas gruesas y estufa ¿No?
La villa tiene techos que piden brea a los gritos, costurones de barro que desaparecerían si alguien se tomara la molestia de rellenarlos con los escombros que están tirados por todas partes.
   ¿Y ellos saben que necesitan todo eso para vivir mejor? Porque vos lo conoces desde siempre, igual que ellos a los olores, el barro y las moscas
Dejé la ruta, tomé el camino al centro y volví a mi mundo sólido, estable, con chicos abrigados, limpios y protegidos de la lluvia con capas plásticas de colores chillones.
En la esquina del banco un pibe muy mojado, la cara con la pintura corrida, hacía, más mal que bien, malabares, con tres pelotas que se obstinaban en correr bajo los autos que esperaban el cambio de luces. Guarecida bajo una precaria marquesina, una chica sin edad, que apretaba un manojo de pañoletas tejidas entre las que asomaba una carita, estiraba la mano ante los que pasaban.
   ¿Están por todos lados no? ¿Viste que nadie los ve?
   ¿Jefe una monedita pa la birra?
Alto, flaco, los ojos negros y saltones orlados de rojo, los dientes cariados y la piel cetrina. La capucha del buzo cubriendo la visera de la gorra; automáticamente negué con la cabeza y subí el vidrio
   Tranquilo, rescatate, no te exige nada, solo te pide una monedita; la que no te agachas a buscar cuando rueda un poco lejos
Pasé por la farmacia de regreso a casa. Facundo tenía un aspecto lastimoso; el ojo derecho casi cerrado y orlado por un tono morado que viraba al negro, el labio lastimado, y en la cara; una mueca de dolor y bronca. Cuando llegué estaba hablando con un cliente y así siguió durante mi estadía en la farmacia. La esperada charla entre amigos se transformó en una conversación que tuvo entre tres y cuatro participantes, que repetían como una letanía ¡Qué barbaridad! ¡Suna vergüenza! ¡Ya no se puede estar seguro en ningún lado! Julio corporizaba el miedo y la inseguridad
   Te digo, no era un negrito cualquiera, cuando entró, lo fui a atender sin desconfiar para nada, no parecía chorro
   ¿Viste? Somos una clase; negros del todo no, oscuritos nomas. Somos el miedo que ustedes proclaman, la excusa válida. De nosotros nadie necesita el “Algo habrán hecho” nacimos después de los ochenta ¿Te suena esa época?
Saludé a Facundo y a su mujer, dije las últimas ¡Qué barbaridad! Y me fui. Cuando estaba abriendo el auto vi a dos muchachos que se acercaban rápidamente; por un momento temí que me abordaran
   ¡Que poco observador chabón! Caminan rápido, no miran para abajo, charlan y se ríen tranquilos ¡No pasa nada! Ellos esperan que les llegue, los otros buscan
   No hay diferencia, la pobreza no es determinante, sucede que los hechos violentos los cometen jóvenes
   Y por eso tenés miedo cuando dos pibes se acercan
   No es cuestión de miedo, es sentido común, hay que cuidarse
   Ponerse en guardia, vigilar, defenderse, reprimir. Es más o menos como cuando un quia te dice que tenés que usar cinturón de seguridad para salvarte del palo que no supiste evitar ¡Para que el cinturón si el palo ya te lo pegaste!
Quise contestar, pero justo en ese momento un taxista arrancó y cruzó la calle de derecha a izquierda; frené al límite, putee a gusto y, pensando en las consecuencias, me arrepentí de no haberme puesto el cinturón


Cap. 6 El primer escalón

Después de la reunión, el Panza andaba por ahí, contando a quién quisiera escuchar, que dentro de poco, todo volvería a ser como antes. No daba precisiones ni aclaraba el porqué, se limitaba a sonreír misteriosamente, mientras repetía como un sonsonete; “ya van a ver, van a ver”
Hugo ni se enteró, estaba muy ocupado estudiando como entrar a la casa de artículos del hogar que iban a visitar. Esa noche se fueron reuniendo de a poco; tres en la pizzería, dos en el bar. El jefe y Hugo caminaban despacio, charlaban como el par de pibes que eran, solo que hablaban de violar claraboyas, desarmar al sereno, inutilizar la alarma, evitar a la policía. Otros pibes, cuando hablan de esos temas se refieren a juegos de roles, más o menos realistas. El Hugo y sus compañeros ya dejaron de jugar, o siguen, pero en una pantalla distinta.
Unas horas después, la banda se apuraba a guardar en bolsas; cámaras fotográficas, Mp3 y estéreos portátiles. Los televisores esperaban su turno prolijamente alineados junto a la puerta.
   ¡Hugo, andá a la oficina y fijate que el sereno no bardee!
El Hugo se va para las oficinas del fondo, cuando se da vuelta le parece ver al Panza, que observa todo desde la vereda de enfrente. A una señal del jefe, los otros salieron llevando las bolsas. Casi en el mismo momento llegaba el primero de varios patrulleros, la policía había sido alertada por una llamada anónima, solo quedaba el Hugo en el revuelto local
El sereno trataba desesperadamente de liberarse de los sunchos de plástico que le sujetaban las manos y los pies. Cuando vio venir al Hugo, comenzó a llorar ante la certeza de la muerte que se le venía encima. No podía hablar debido a una gruesa cinta que le tapaba la boca, pero la súplica de sus ojos y los sollozos sordos eran harto elocuentes. El Hugo, agachado a su lado trató de tranquilizarlo. En eso estaba cuando escuchó las frenadas, los portazos y las sirenas que se acercaban. Salió con las manos levantadas y gritando que no tiren; que no tenía armas. Le taparon la cabeza con una campera que olía a sudor rancio y tabaco. Uno de los policías lo tomó de un brazo y lo guió hasta el patrullero, en el corto trayecto, solo vio sus zapatillas restallantes.
Conocía de antes la rutina de la comisaría, las fotos, los dedos con tinta negra. Lo sentaron frente a un escritorio, estaba incómodo por tener las manos esposadas a la espalda. Lo interrogó un suboficial que bostezaba entre pregunta y pregunta. No hubo gritos, ni golpes, solo indiferencia y la frialdad de los trámites burocráticos. Cuando terminó le hicieron firmar una copia y después lo llevaron a la celda. En el camino, vio a dos uniformados que trataban de hacer funcionar un MP3 cuya caja estaba sobre el escritorio. La marcha terminó en un estrecho pasillo, con una hilera de minúsculas ventanas que subrayaban un techo cuajado de lamparones de goteras, las paredes, salpicadas de revoques caídos, pintura vieja y descolorida, exhibían infinidad de escupitajos. Se detuvieron frente a la puerta de una celda abarrotada de gente y olores. 
Dos pibes charlaban en susurros junto a la reja oxidada
   ¡Hugo! ¡Q´acé hermano!
   ¡Tolo! ¿Q´acé acá?
   ¡Correrse de la puerta!
La orden interrumpe el dialogo. La puerta se abre con ruido de cadenas y candados y luego se cierra con un golpe sordo que hace retemblar el atestado recinto
   ¡Espero el bondi bolú!
Los dos se ríen del chiste, el otro no entiende, pero acompaña
   En serio bolú, yo pensé que ya no estabas acá
   ¡Que no bolú! La mina de la defensoría está rebuena, pero no hace un joraca ¿Y vo?
   Me acostaron mal, me mandaron la gorra y quedé pegado, pero estoy limpio, no armé bardo y soy primario, corte que me largan rápido.
Quería convencerse y miraba ansioso la cara de su amigo, buscando la confirmación de la esperanza
   Cuando te llamen vas a saber la carátula ¿Ya firmaste?
   Al ortiva que me tomó la declaración
   ¿Leíste?
   Sí, que se yo, corte que el tipo escribía lo que yo le decía
   Pero ¡So boludo en serio gil!
   No me jodá Tolo, yo le dije lo que pasó y el chabón lo escribía en la máquina, después me dijo que firme, yo firmé y chau
   ¡No podes ser tan pelotudo! ¿Y si te empachó?
   Lo niego, le digo al juez que me dieron ¡Que se yo!
Algo va muy mal y Hugo empieza a pensar en el dia de mañana.
La mujer no era bonita, andaba cerca de los cuarenta, vestía un traje austero y elegante, sobre los hombros, un abrigo de piel. Cuando entró el Hugo, apenas si lo miró, absorta en el estudio de una voluminosa carpeta. El Hugo ni se había lavado la cara, la noche había sido una duermevela sobre una colchoneta finita, extendida en el suelo, entre dos torres de camas, en una celda repleta de hombres y cucarachas. Fue el tercero de los cinco presos que la defensora de oficio entrevistaría esa mañana. Parado frente a la mesa metálica que oficiaba de escritorio, con los brazos esposados a la espalda, duda en sentarse y la mujer no le aclaró nada
   Buen dia, usted es… Hugo Pedro Pero…Parayata ¿verdad?
   Si
Habló con un hilito de voz, la garganta cerrada por la angustia y el miedo
Un policía entró con una taza humeante que dejó frente a la mujer, que se lo agradeció con una sonrisa y un comentario intrascendente sobre el frio de esa mañana de otoño
   Bueno, bueno, usted está por robo calificado, agravado, con privación ilegítima de libertad en la persona del sereno, tenencia y exhibición de arma de guerra y resistencia al arresto
El Hugo sintió que el suelo temblaba, una nausea le dejó un gusto agrio en la boca, casi cayó en la silla, mientras pugnaba por contener las lágrimas que le inundaron los ojos
   Pero señora…
   Doctora, doctora Ibáñez por favor
   Doctora, todo eso es cualquiera, yo me entregué enseguida y no tenía fierro, el sereno se lo puede decir que yo no lo agarré, ni lo até ni nada. Estaba con él cuando llegó el patrullero y yo…
   Acá tengo su declaración debidamente firmada – Le exhibió un papel - ¿Y esta es su firma no?
   Yo no declaré eso, yo…
   ¡Es su firma o no!
   Si, si, es mi firma, yo firmé, pero no me leyeron nada yo…
   ¿Usted sabe leer? Acá dice que si, o sea que no necesita que nadie le lea nada
   Yo no sabía señora, no sabía
   ¡Doctora por favor!  
   Bueno si, doctora
La entrevista duró un par de minutos más, pero el Hugo ya sabía lo esencial. Estaba muy complicado. Cuando lo devolvieron a la celda, le contó todo al Tolo, que lo escuchaba apesadumbrado
   Te empacharon hermano, ahora vas a necesitar mucha suerte para sacarla barata
   ¿Te parece Tolo? Yo voy a negar todo cuando hable con el juez
   Mira, acá hay un hermanito que se la sabe posta. Vamo y le preguntamo a el
Los dos amigos se fueron para el fondo de la celda, en la última cama estaba sentado un hombre de mediana edad que leía un grueso libro
El Tolo saludó, pidió permiso y presentó a un Hugo angustiado y tembloroso. El otro lo miró largamente y le pidió los detalles de la entrevista con la defensora. Cuando se enteró de la enumeración de cargos y la carátula de la causa movió el cabeza, sinceramente apenado
   ¿Qué hago?
La pregunta de Hugo fue más grito que otra cosa. A estas alturas ya sabía que todo se le venía encima
   Rece pibe, rece mucho
   Pero ¿No me van a largar?
   No, olvidesé, tiene para un buen rato, de acá va a salir para el penal
   Pe…pero yo no hice nada, me engarronaron. No me pueden dejar encerrado
   Mire pibe, aprenda a bancársela, si uno anda en esto, tiene que saber que a veces se pierde. Acá somos todos perejiles, todos nos estamos comiendo un garrón, todos somos víctimas de la injusticia y ¿sabe qué? En algún caso debe ser cierto, pero yo no conozco ninguno
El Tolo le agradeció al otro el haberse ocupado y los consejos. Abrazó por los hombros al Hugo y juntos volvieron a su lugar en la celda
   Te vas a quedar de joda acá, vamo a tomar unos mates con el rancho
Después comprendió que quería decir la palabra encierro. Lloró noches interminables. Valoró al Tolo como el gran tipo que era. Aprendió el idioma gesticulante que se usa para escapar a los oídos, siempre dispuestos, de los alcahuetes y los guardianes. A dormir a medias. A compartir todo con su rancho. A elegir entre hablar o callarse y eligió callarse.
Fue al juzgado un par de veces y supo que el diagnóstico del compañero era correcto; ahora era un procesado a la espera del juicio que decidiría los años que iba a pasar en esa tumba de vivos.
Un dia apareció un policía enarbolando una lista en la que figuraban el y el Tolo. A la mañana del dia siguiente, con sus pocas cosas envueltas en una manta, subieron a un colectivo totalmente cerrado, con cubículos de acero que solo les permitía permanecer parados, el aire entraba a través de las persianitas de un respiradero por el que trataron de ver, sin conseguirlo, un poco de calle.
Los fueron bajando de a uno en el playón de la prisión y de ahí pasaron al cuartito donde dos guardias les daban entrada y les asignaban el pabellón. Esperaron tras la primera reja hasta que apareció un guardia
   ¡Gómez y Perorata! Van a venir conmigo
   Yo me llamo Parayata señor
   ¡Si yo digo Perorata usted se llama Perorata! ¡¿Me entendió?!
   Si señor
Cargaron sus bultos y recorrieron el larguísimo pasillo. A través de ventanas enrejadas, veían el campo lleno de sol, donde mal trabajaban algunos internos. Montones de gorriones aprovechaban los vidrios rotos para revolotear a su antojo. Desembocaron en una estancia circular, enorme, a la que accedieron por una jaula que daba a un centro de vigilancia en el que varios guardias miraban, sin ganas, unos televisores que mostraban imágenes, en blanco y negro de los diferentes pasajes. Hugo contó siete rejas, amén de las que permanecían abiertas, antes de desembocar en el último de los pasillos. Cuando por fin llegaron al pabellón el guardia llamó - ¡Limpieza! – Un preso acudió al reclamo y estudió a los recién llegados
   Vos, Perorata, acá el único Hugo soy yo, así que desde ahora sos Pedro ¿Estamos?
El guardia no esperó la respuesta, el cambio de nombre y apellido había sido una orden inapelable, tampoco daba para aclarar nada, además, daba igual
   Pase pibe, pase
El hombre, más de treinta años, flaco y de cara muy angulosa, estaba vestido con ropa deportiva y se tocaba con una gorra de lana, antigua y sucia. Utilizaba como silla el inodoro que ocupaba una de las esquinas, junto a la diminuta pileta, chorreada de verde por el eterno goteo de la canilla
   Desarme el loro en la de arriba y venga a tomar unos amargos. Yo soy José Argundez. Pero llámeme Laucha, me rompe las bolas, pero así me dicen todos.
   Mucho gusto, yo soy Hugo Pedro Parayata, pero el encargado dice que desde ahora soy Pedro ¿Quiere que cebe yo?
   Ese ortiva es un sorete. Dale, piloteá vos

El tuteo marcó la aceptación. Hugo ya estaba en su nuevo mundo. Su reloj se detuvo.